
De cómo los irlandeses salvaron la civilización es un libro de anécdotas más que de historia. Un texto con el que el autor quiere dar a conocer hechos que la historia oficial de Europa, suele desconocer, esconder e incluso ignorar adrede.
¿Por qué? Porque luego de la desaparición política del Imperio Romano la cultura occidental, todo eso que venía transmitiéndose (en teoría) desde la Grecia clásica y habiendo pasado por Roma encontró refugio en las tierras de la periferia. Donde nadie lo esperaba.
Unas islas que todos creían abandonadas por los dioses, en la que sólo un puñado de monjes se atrevían a vivir, conservaron lo que se perdió (en teoría) en las tierras centrales, en Roma y la Galia.
Conservaron el idioma, el lenguaje, la palabra escrita, los números, recetas de cocina y horóscopos que hoy estarían perdidos de no haber sido copiados una y otra vez durante los siglos de la transición entre la antigüedad y el medioevo.
Esa es la historia. ¿Por qué, entonces, digo que es un libro de anécdotas? Porque Cahill reconstruye el período de ese modo. Quizá sin saberlo, quizá si, no lo sé. Pero a pesar de que el texto no carece de citas y bibliografía de ‘academía’, no es un texto difícil, ni es, tampoco un libro de difusión.
Es, por todo lo anterior, una anécdota. Una historia que puede contarse y seguirse en las crónicas y fuentes de la época. Pero que pocos creerían que en tan yermo lugar lo que hoy es la alta cultura se haya conservado. La hayan conservado y vuelto a dar a conocer, sin quedarse con nada más que con el recuerdo de lo que alguna vez habían hecho sus antepasados.
¿Para qué este texto, si es sólo una anécdota? Para recordar que en a periferia, en las tierras (o ciudades, o sitios, o personas) que nadie quiere ver, también suceden cosas. Y que a veces, muy pocas, pueden pasar a ser el centro que atraiga todas las miradas.
Un libro fácil de conseguir y accesible en el precio. Una lectura amena.
¿Por qué? Porque luego de la desaparición política del Imperio Romano la cultura occidental, todo eso que venía transmitiéndose (en teoría) desde la Grecia clásica y habiendo pasado por Roma encontró refugio en las tierras de la periferia. Donde nadie lo esperaba.
Unas islas que todos creían abandonadas por los dioses, en la que sólo un puñado de monjes se atrevían a vivir, conservaron lo que se perdió (en teoría) en las tierras centrales, en Roma y la Galia.
Conservaron el idioma, el lenguaje, la palabra escrita, los números, recetas de cocina y horóscopos que hoy estarían perdidos de no haber sido copiados una y otra vez durante los siglos de la transición entre la antigüedad y el medioevo.
Esa es la historia. ¿Por qué, entonces, digo que es un libro de anécdotas? Porque Cahill reconstruye el período de ese modo. Quizá sin saberlo, quizá si, no lo sé. Pero a pesar de que el texto no carece de citas y bibliografía de ‘academía’, no es un texto difícil, ni es, tampoco un libro de difusión.
Es, por todo lo anterior, una anécdota. Una historia que puede contarse y seguirse en las crónicas y fuentes de la época. Pero que pocos creerían que en tan yermo lugar lo que hoy es la alta cultura se haya conservado. La hayan conservado y vuelto a dar a conocer, sin quedarse con nada más que con el recuerdo de lo que alguna vez habían hecho sus antepasados.
¿Para qué este texto, si es sólo una anécdota? Para recordar que en a periferia, en las tierras (o ciudades, o sitios, o personas) que nadie quiere ver, también suceden cosas. Y que a veces, muy pocas, pueden pasar a ser el centro que atraiga todas las miradas.
Un libro fácil de conseguir y accesible en el precio. Una lectura amena.





