
Si hiciéramos una crítica literaria típica de algún suplemento literario de diario vespertino, copiaríamos el texto de la contraportada del libro agregándole un par de frases más, o reutilizando críticas de terceros, para comentar éste libro. O cualquier libro.
Se comenzaría diciendo quién es el personaje, a qué se dedica, qué hace cada día de su vida durante años hasta que, la casualidad, una molestia, trastocan su rutina y, a partir de esa situación imprevista, todo el mundo que el personaje construyera a su alrededor, comienza a derrumbarse poco a poco, tomando decisiones cada vez más erráticas pero necesarias para el razonamiento de la historia, de quien la vive y quien espera alguna cosa que le demuestre que está vivo.
Casi lo mismo que lo que se lee en la contraportada. Por esto, y algunas otras cosas, lo lógico sería pensar que los críticos muchas veces no leen los libros sobre los que escriben sino que apenas se toman un minuto o dos para mirar el índice, buscar información del autor en internet y tomarse un café.
Los personajes son importantes para la historia (no siempre), y no hay historia sin personajes (falso), dirían algunos, pero no lo son todos (cierto). Se puede tener a los mejores personajes literarios, que si se carece de la pericia necesaria para hacerlos vivir en el papel, volverlos creíbles para quien los lee, algo falla y el libro pasa a ser uno más del montón. De ese montón que, pasado un tiempo, dejan de ser parte del recuerdo.
Olguín construye un mundo creíble para su personaje, un empresario acaudalado y con la vida solucionada pero aburrido de ser lo que es, con una familia cercana pero ausente, que se encuentra en la cúspide de su poder desde hace años y ya no sabe qué más hacer, cómo continuar, cómo avanzar un poco más. ¿Qué se hace en esa situación? ¿Se vuelve a lo que se fue? ¿Se inventa algo nuevo? ¿Se buscan emociones nuevas a lo Hemingway? ¿Qué?
El otro motor de la historia es el sexo, que aparece como un comentario al margen y crece y crece hasta comerse al personaje, a la historia, al libro completo. Que, de tan bien narrado, queremos ser ese personaje que se encamina, desde el primer párrafo de la primera página hacia su siniestra destrucción. Pero no se trata de una historia pornográfica, mucho menos un remedo de Sade, nada de eso. Es una historia simple, lineal y por momentos evidente, que a pesar de sus fallos no carece de cierto interés.
184 páginas de un narrador omnisciente que nos pasea por la ciudad de Buenos Aires siguiendo al personaje de la historia en su camino de una punta a la otra del mapa, en su auto, en sus pensamientos, en sus sensaciones mecánicas y palabras vacías de sentimiento y motivación. Un hombre consumido, acabado, derrotado sin saber que lo ha sido, porque se encuentra tan sedado que ni siquiera nota que aún no ha despertado.
Un final abrupto, un anticlimax inesperado, cuando la historia comienza a girar hacia ese lugar al que parece querer llegar; un final que nos deja con ganas de saber un poco más, algún dato, alguna referencia a lo que sucederá después; pero no hay nada. Sólo un final que no es un final, un comienzo nuevo para una historia que no es la narrada, que no conoceremos, porque lo que comenzó en el capítulo inicial, ya ha llegado a su fin.
Dicen los que saben de literatura que si el final de una historia crea la necesidad en el lector de saber un poco más allá de lo narrado, es que es un buen final.
Y, a veces, los que saben, tienen razón.
Se comenzaría diciendo quién es el personaje, a qué se dedica, qué hace cada día de su vida durante años hasta que, la casualidad, una molestia, trastocan su rutina y, a partir de esa situación imprevista, todo el mundo que el personaje construyera a su alrededor, comienza a derrumbarse poco a poco, tomando decisiones cada vez más erráticas pero necesarias para el razonamiento de la historia, de quien la vive y quien espera alguna cosa que le demuestre que está vivo.
Casi lo mismo que lo que se lee en la contraportada. Por esto, y algunas otras cosas, lo lógico sería pensar que los críticos muchas veces no leen los libros sobre los que escriben sino que apenas se toman un minuto o dos para mirar el índice, buscar información del autor en internet y tomarse un café.
Los personajes son importantes para la historia (no siempre), y no hay historia sin personajes (falso), dirían algunos, pero no lo son todos (cierto). Se puede tener a los mejores personajes literarios, que si se carece de la pericia necesaria para hacerlos vivir en el papel, volverlos creíbles para quien los lee, algo falla y el libro pasa a ser uno más del montón. De ese montón que, pasado un tiempo, dejan de ser parte del recuerdo.
Olguín construye un mundo creíble para su personaje, un empresario acaudalado y con la vida solucionada pero aburrido de ser lo que es, con una familia cercana pero ausente, que se encuentra en la cúspide de su poder desde hace años y ya no sabe qué más hacer, cómo continuar, cómo avanzar un poco más. ¿Qué se hace en esa situación? ¿Se vuelve a lo que se fue? ¿Se inventa algo nuevo? ¿Se buscan emociones nuevas a lo Hemingway? ¿Qué?
El otro motor de la historia es el sexo, que aparece como un comentario al margen y crece y crece hasta comerse al personaje, a la historia, al libro completo. Que, de tan bien narrado, queremos ser ese personaje que se encamina, desde el primer párrafo de la primera página hacia su siniestra destrucción. Pero no se trata de una historia pornográfica, mucho menos un remedo de Sade, nada de eso. Es una historia simple, lineal y por momentos evidente, que a pesar de sus fallos no carece de cierto interés.
184 páginas de un narrador omnisciente que nos pasea por la ciudad de Buenos Aires siguiendo al personaje de la historia en su camino de una punta a la otra del mapa, en su auto, en sus pensamientos, en sus sensaciones mecánicas y palabras vacías de sentimiento y motivación. Un hombre consumido, acabado, derrotado sin saber que lo ha sido, porque se encuentra tan sedado que ni siquiera nota que aún no ha despertado.
Un final abrupto, un anticlimax inesperado, cuando la historia comienza a girar hacia ese lugar al que parece querer llegar; un final que nos deja con ganas de saber un poco más, algún dato, alguna referencia a lo que sucederá después; pero no hay nada. Sólo un final que no es un final, un comienzo nuevo para una historia que no es la narrada, que no conoceremos, porque lo que comenzó en el capítulo inicial, ya ha llegado a su fin.
Dicen los que saben de literatura que si el final de una historia crea la necesidad en el lector de saber un poco más allá de lo narrado, es que es un buen final.
Y, a veces, los que saben, tienen razón.

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