Si uno no vive en Buenos Aires, y no sabe que existe una zona, un barrio, que lleva ese nombre, lo más probable es que no entienda el título del libro. Sabremos, gracias a la amarilla portada que de seguro hay un tren implicado, o no, con la historia. Pero poco más. Pero las portadas no están pensadas para el lector, sino para el ego del autor. Eso lo sabemos todos.
Supongamos que accedemos al libro, quizás atraídos por el nombre de la autora que, vamos a creer, no por nada obtuvo los premios literarios que ganó en los últimos años (Fundación el Libro, Emece, Clarín de novela, etc.). Pero, si desconocemos a la autora y nos dejamos llevar por lo que dicen las solapas, nos encontramos con la siguiente frase de Guillermo Saccomanno: ‘’Turdera es, además de un entrecruzamiento de historias donde lo cotidiano se presta al asombro, una lección de destreza narrativa. Es decir, la construcción de un estilo. ’’ ¿Podemos negarnos semejante virtuosismo literario?
Y leemos el libro, sufriendo cada página. Queriendo que, por favor, se termine para no abandonarlo a la mitad (o a la décima página) sintiendo el rumor del fracaso aleteando sobre nosotros. Francamente uno esperaría algo más interesante de una autora que ha sido distinguida de tantas maneras, pero nos encontramos con una sucesión de estereotipos que nos recuerda más a un colage que a un trabajo intelectual de pensar una historia. Una pareja siempre a punto de separarse; una enfermera nocturna con problemas sentimentales; el ladrón del barrio a quien todos conocen y señalan con desprecio y que nadie se atreve a enfrentar; el empleado ferroviario recientemente jubilado que no sabe cómo pasar su tiempo; gente que siempre llegar tarde al trabajo (en trabajos que no les gustan, y al que de todos modos regresan). Y la lista sigue.
Todos personajes son planos, chatos, personas que no dicen nada a pensar de estar hablando (actuando) durante las 175 páginas del libro; no generan empatía, identificación con el lector, ni siquiera emociones encontradas. Nada. Personajes analizados hasta el más mínimo de los detalles por ese omnisciente autor que se ríe del lector al decirle cosas que no suman, que restan en el relato y entorpecen la lectura, que desdibujan la historia y a quienes la viven usando el mismo mecanismo una y otra vez. Como las constantes repeticiones de cosas ya dichas, de párrafos con descripciones sin interés y de más repeticiones.
Ejemplo de la estructura de un capítulo: El personaje ‘X’ hace algo. Descripción inconducente. El personaje ‘X’ hace algo (lo mismo que antes). Descripción inconducente. El personaje ‘X’ hace lo mismo que ya hizo antes. Descripción. El personaje ‘X’ termina de hacer lo que estaba haciendo. Fin del capítulo.
Veintiséis capítulos idénticos, con mínimas variantes de nombres, lugares y poco más. ¿Ese es el estilo del que mencionaba Saccomanno? ¿En serio? Es cierto que podemos decir que el estilo variará de autor en autor, pero si algo distingue al campo de la literatura de las otras artes, es la concepción de la lengua, la lengua que utiliza una comunidad y permite que se interrelacionen las personas (como ser la lengua que usamos para esta crítica), y que siempre está presente.
Si la lengua se encuentra siempre allí, la lectura, el disfrute de la literatura, no debería ser una actividad difícil y agotadora por elección. Los clásicos a los que se les aplican esas categorías es, más que nada, para diferenciarlos, para señalar que son eso, clásicos, que han perdurado por alguna razón de entre las miles de páginas que escriben a diario desde que se inventó la escritura, y que su conservación no (siempre) se debió a una mera casualidad.
¿Qué necesidad hay de hacer difícil algo que siendo fácil es más placentero? ¿Qué necesidad hay de producir un libro inconducente? ¿Por qué? Si es tan fácil editar, ¿por qué entonces hay tantos escritores que no llegan a lograrlo y mueren en el anonimato?
Ante un libro como Turdera no podemos evitar preguntarnos hacia dónde está yendo la literatura. ¿Asistimos el final del reinado absoluto del relato para presenciar cómo una historia no se construye sino que se debe intuir debajo de lo que se dice y lo que se omite? ¿El lector tendrá a partir de ahora que esforzarse por encontrarle un sentido a lo que está leyendo? Porque si bien podemos decir que leer a Borges puede resultar complicado, eso no lo hace impracticable; pero no todos podemos ser Borges, no todos queremos ser Borges, no todos pueden escribir con claridad. Eso ya lo sabemos.
Tal vez en sus otros trabajos Pradelli haya sabido resolver mejor estos problemas, y Turdera no sea otra cosa más que un ensayo en el que experimentar con las palabras, de otro modo no se entiende cómo es posible llenar tantas páginas sin, en definitiva, tener nada para decir, sino, tan sólo, para hacerle creer al lector que la literatura se encuentra allí, en algún lugar bajo esa acumulación de palabras.

3 comentarios:
Para decirlo más fácil: No me gustó.
Saludos
J.
Quizás, como bien decís, la autora tenga otra obra u otras obras que la hagan merecedora de su fama (yo no la conocía...)y ésta que presentás constituya una tecla floja de su repertorio.
Quién sabe, a veces un contrato editorial hace acelerar y surgir de la galera (con las obvias falencias y vacuidades) una novela para presentar.
Yo leí uno tan "menor" de Agatha Christie, que parecía escrito por otra persona... Menos mal que no fue el primero que leía de ella, de lo contrario le iba a hacer una cruz y me iba a perder obras muy buenas. Y a Alonso Cueto ni siquiera lo terminé de leer... A ese no le di segunda oportunidad.
En fin, una lotería.
Saludos
yo tambien me paso el dia leyendo aprendiendo y siempre pienso que hacer algo productivo que es?hacer algo productivo sencillamente es ganar dinero.los jefes del mundo lo dicen de esa manera pero es dinero.parece que la palabra dinero no la quiern decir porque sino se ve claro que el sentido de la vida es ganar dinero solo eso
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