Comentarios de esos libros raros, y no tanto, de mi biblioteca, acumulados durante años y años de errar por el submundo de las librerías.

Algunas pocas críticas de algunos libros. ¡Y ahora también revistas!

Todos los textos son mi autoría.

martes 2 de agosto de 2011

El que Recibe la Bofetadas de Leonid Nikoláievich Andréiev

Tal vez no sea la mejor obra de teatro de todos los tiempos. Tal vez no sea una obra del tal Shakespeare. Pero, aún así, esta obra tiene algo que otras no tienen, tiene algo indescifrable que la acercan más al lector que el leer un drama pasional de una corte de la edad media. Aún cuando las pasiones sean las mismas. Aún cuando la gente no haya cambiado en nada desde el surgimiento del hombre.
La obra nos cuenta una parte de la historia, la otra parte debemos inferirla a través de los diálogos, las alusiones, las frases cortadas o no pronunciadas por el personaje; por Aquel, tal el nombre elegido por el personaje a principio del drama para que nadie sepa quién es él (aunque en otras versiones de la traducción se lo llama Ese).
Aquel le escapa a su pasado, si. Le escapa a quien fue, a quien ha sabido ser y a quien debería haber sido si, precisamente, no hubiera escapado. Y la fascinación lo arrastra hasta un circo, a ocupar un lugar en la sociedad diametralmente opuesto a que antes ostentara. Y, por unos instantes, todo parece salir bien.
El personaje se transforma, se crea su propio ser, su personalidad, su mundo nuevo. Pero, como siempre sucede, en todo drama, en toda vida, el destino sempiterno ronda los pasos de los personajes. Del personaje y los comparsas, porque tan poderosa resulta al figura de Aquel que los demás no son más que satélites girando alrededor de su falsa sonrisa, de su felicidad de maquillaje y fantasía.
A pesar de haber muerto, el romanticismo sigue presente en las manifestaciones del arte, en los lugares oscuros que nos permiten ver lo que deseamos y no lo que en realidad allí existe. ¿Qué quería contar Andreiev? Eso ya no importa, sólo sobreviven las interpretaciones, tan tendenciosas y apreciativas como apasionadas e indirectas. El autor murió en 1919, su obra vive, flotando sobre las almas que caen, de casualidad o por obligación, en sus páginas. Su obra sigue ahí, lista para mostrarnos que todo hombre, mujer, niño, loco o cuerdo, esconde secretos que no quiere mostrar a la luz ni por error.
Pero, lo peor de todo no son los secretos, sino ese lugar sin lugar al que nos conducen nuestras decisiones más temerarias. Cundo nos dejamos llevar por los arrebatos de los sentimientos, cuando la culpa nos corroe tanto que cometemos tonterías, tales como enamorarse de quien no corresponde, querer ser lo que no somos o escondernos donde sabemos que irán a buscarnos; porque deseamos que alguien, que algo, ajeno a nosotros nos de el impulso final para realizar aquella acción que ya hemos decidido. Una decisión que, de tan terrible, no nos atrevemos a llevar a cabo.
Es una obra de teatro simple, sin grandes despliegues escenográficos, tranquila y tensa a la vez, que nos va contando lo que queremos saber poco a poco, como granos de arena especiales que debemos descubrir en una playa repleta de granos comunes.

El cartel es de la película argentina basada en este texto.

1 comentarios:

NoeliaA dijo...

Interesante, José. Recuerdo haber leído de él una obra llamada "Los espectros", me había gustado. Si bien no la tengo fresca, porque la leí hace tiempo, creo recordar que se desdibujaban un poco los límites que separan la "cordura" de la "locura".
Me gustó esta descripción que hacés "Cuando nos dejamos llevar por los arrebatos de los sentimientos, cuando la culpa nos corroe tanto que cometemos tonterías, tales como enamorarse de quien no corresponde, querer ser lo que no somos o escondernos donde sabemos que irán a buscarnos; porque deseamos que alguien, que algo, ajeno a nosotros nos de el impulso final para realizar aquella acción que ya hemos decidido."

Un beso