Comentarios de esos libros raros, y no tanto, de mi biblioteca, acumulados durante años y años de errar por el submundo de las librerías.

Algunas pocas críticas de algunos libros. ¡Y ahora también revistas!

Todos los textos son mi autoría.

lunes 18 de julio de 2011

Taper Ware, de Blanca Lema

El mundo editorial es raro, es difícil de entender; podemos encontrar trabajos muy buenos que terminan siendo editados por el propio autor luego de innumerable rechazos de las editoriales ‘grandes’, esas que tienen distribución en todo el país, e incluso en el exterior, que pueden hacer publicidad de sus ediciones, y que pueden darse el lujo de esperar un poco más de tiempo antes de recuperar la inversión.
También podemos encontrar cosas incomprensibles que todos los críticos por vocación catalogan de excepcional, de brillante, de lo mejor que se ha escrito en los últimos años. Lo mismo que dicen de cada nueva novela, de cada nuevo autor, de cada nueva palabra inventada. Y, por supuesto, si todos dicen lo mismo de los mismos libros, lógico sería pensar que algo de razón deben de tener. Entonces ¿qué hacemos los lectores? Creemos en las recomendaciones y leemos eso que, se supone, y esperamos, sea lo mejor que ha dado la literatura nacional en los últimos tiempos.
Entonces llegan las decepciones. Las frustraciones de encontrar un texto tan críptico que si no somos el mismo autor no podemos entender en su totalidad, un texto tan fragmentado sobre sí mismo que nos recuerda a la descomposición del conocimiento fruto de la era digital, pero que, en definitiva, no nos dice nada, no aporta, no suma.
Este es uno de esos casos. Una primera novela de una autora de prosapia artística, que viene publicando desde los 16 años y que vivió exiliada durante la dictadura. Si. Perfecto. Tiene un currículo brillante. ¿Eso la convierte en una buena escritora? Uno, humildemente, esperaría que sí. Pero no siempre el pasado influye de buena manera en el presente. Y los frutos de la experiencia no siempre tienen buen sabor.




Editada por Paradiso Ediciones a mediados del 2010; la novela, lo que se puede reconstruir, es la historia de Pablo, un chico que lo tenía todo (había estudiado lo que había tenido ganas, trabajaba de eso, vivía bien, tenía todo lo que podía desear, salvo por la exnovia que se había suicidado…), y que un día se levanta y tira todo por la ventana para dedicarse a recoger bolsas de basura. No sabe por qué lo hace, qué lo impulsa ni qué sentido tiene todo aquello; simplemente lo hace. Con tanta suerte que le va bien y comienza a tener competencia en la ‘’investigación de mercado’’. Algo que aparece en la mitad de la historia pero que antes no se había mencionado porque el personaje tiene problemas de memoria, o aparenta tenerlos, o vive ten distraído que quema los cheques que recibe como pago por su trabajo y después se arrepiente de haberlo hecho. Por suerte su amigo, de la infancia, de toda la vida, está ahí para decirle que está mal lo que hace, que regrese al viejo trabajo, que vuelva a hablar con la madre, etc. Y Pablo no lo escucha, por supuesto.
Y poco a poco la historia se hace más y más críptica, todos parecen conocer a Pablo, todos tienen algo para darle, algo para decirle, algo que lo acerca a lo que tiene que descubrir, el cielo y las estrellas lo acompañan para que de casualidad encuentre, también en la basura, el diario de un médico que años atrás había atendido a una mujer que dos capítulos más adelante va a conocer y que, oh, casualidad de casualidad, esa mujer conoce a la otra mujer que Pablo está buscando… Y las piezas del rompecabezas siguen cayendo y siguen encajando sin esfuerzo.
Personajes que parecen salidos de otra historia, de otro mundo, que si bien son del ‘’bajo mundo’’ parecen figuritas recortadas de revistas para chicos de lo tan monocromáticos y unilineales que resultan; diálogos que no conducen a nada diferente que al desconcierto, frases en el aire, imágenes que flotan en las nubes y sueños anotados en hojas desechables.
Y en el medio de todo este caos de referencias culturales cruzadas y malinterpretadas o malentendidas, nos enteramos que Pablo es un chico expropiado por la última dictadura argentina. ¿Y él cómo reacciona?
No reacciona, sigue con su mundo de realidades que se cruzan y de cosas que parecen pasar pero no pasan, del tiempo que se consume sin que se de cuenta, sin que perciba el paso del tiempo. Su madre adoptiva se muere junto a él, y ni siquiera se da cuenta, pero tiene el valor para salir corriendo. Y no será la única vez que la muerte se cruce en el camino de Pablo, pero su reacción seguirá siendo la misma.
No nos olvidemos de los militares, que atraviesan toda la novela como personajes de opereta, como cómicos sin chistes para decir, como figuras oscuras, negras y tan unidimencionales como el resto de los personajes. Porque lo sabemos, todos los militares son malignos, y todos los que viven bajo el puente son gente tan buena, que ayudan a Pablo en todo momento, que nunca le piden nada a cambio (salvo plata, o que empeñe sus cosas, pero eso es lo de menos), ayudan y ayudan por que esa es su naturaleza. Y los malos son malos porque nacieron siendo malos.
No. No justifico la expropiación de niños durante la dictadura, no justifico el accionar de las fuerzas armadas durante ese tiempo, pero tampoco justifico una visión monolítica en la que nunca son posibles los grises, en la que todo es blanco y negro, en la que todo es o ellos o nosotros, y no existen los puntos medios. Es una visión demasiado fácil de la realidad, demasiado sencilla.
Tal vez el problema sea que tratar temas tan dolorosos y, a la vez, tan cercanos en el tiempo, conlleven esas visiones de buenos versus malos. Quizá haga falta que pase un poco más de tiempo para que los escritores, o los artistas en general, puedan interpretar de forma más completa y, paradójicamente, más cercana, un período tan sombrío de la historia reciente.
Lo que sí puedo decir es que este intento por interpretar una realidad no es más que eso, un intento que se queda a medio camino, porque el lector queda tan confundido, tan sin explicaciones, como el propio personaje que atraviesa todos los estados anímicos y emocionales posibles sin darse cuenta de lo que hace.
Tal vez me esté acostumbrando a reseñar libros que no son lo que parecen, que la crítica ha elevado a pedestales tan altos que parecen incuestionables, pero también es un símbolo de la época que ningún texto reciente sea lo suficientemente universal como para cubrir las expectativas de críticos y lectores por igual y que lo bueno para unos no sea suficiente para otros. Opiniones, por supuesto, hay muchas.

3 comentarios:

José A. García dijo...

Sigo recuperando textos y participaciones viejas.

Espero no haber sido el único que se fumó esta ¿novela?

Saludos

J.

NoeliaA dijo...

José, permitime algo: el mundo editorial es mercantil. Y la dictadura, no sé si haya más para decir de lo que se ha dicho hasta ahora, pero es notorio cómo la agarran de musa, es como si el sólo hecho de ambientar una narración en ella hiciera la historia satisfactoria, y eso es culpa de críticos, editores y cierta franja de lectores...
Por lo que contás, parecen personajes estereotipados. ¿Está premiada? Porque yo he leído algunas obras premiadas que hasta yerros sintácticos tenían, o párrafos de una redacción bastante deficiente, en fin.
Húyale a esta también: Elvira Lindo.

El género también está sobredimensionado. Los cuentistas parecen porotos ante los novelistas si te regís por la crítica (no porque hablen mal de unos y bien de otros, sino porque evaden a unos y publicitan a otros).
La Schweblin, por ejemplo, tiene unos cuentos magníficos, género fantástico, pero su libro "El núcleo del disturbio" no fue reeditado, ya no se consigue y eso que es mucho mejor que ciertas novelas premiadas últimamente y reeditadas.

Comentario largo, así que corto.

Abrazo

José A. García dijo...

Noelia:

Es cierto lo que comentas, la Dictadura ya parece ser un género dentro del género. Pero uno que nadie sabe cómo tratas, entonces resulta bastardeado una y otra vez.

La crítica, y los que se dejan llevar por ella, no tienen toda la culpa. También está el caso de aquellas personas que se autodesignan escritores y que, llegado el momento de demostrarlo, recurren a todos los estereotipos y cliches del género. Bastardeando la literatura, no solo nacional, sino también mundial.

Y si, la literatura es comercio y sabido es que si ambientas una novela en las dictadura, o en la época de rosas, va a vender bien.

Saludos y gracias por el comentario.

J.